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La añeja corrupción

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Jorge A. Amaral 

La primera vez que El Chapo escapó de la cárcel, en 2001, la versión oficial -que después se volvería insostenible- era que Joaquín Guzmán había escapado escondido en un carrito de lavandería, un extraordinario y cinematográfico lugar común. Hoy sabemos que no fue así, que el capo sinaloense tenía comprada esa cárcel y que con apoyo de gente de afuera y de adentro del penal se organizó todo para su fuga en el marco de un operativo que inmovilizó a guardias y reclusos durante varias horas mientras policías federales recorrían el penal uniformados rigurosamente de pies a cabeza.

En todo ese ajetreo, narra Anabel Hernández, en su libro Los señores del narco, Guzmán Loera se enfundó en un uniforme con pasamontañas y casco y salió bien resguardado por la puerta grande hasta ser llevado a un carro, unidad que ya lo esperaba y que por indicaciones de quienes organizaron la fuga debía ser discreto pero en perfecto estado. Y así fue como ese antiguo subalterno de Amado Carrillo volvía a ser el hombre más buscado desde que fuera en parte chivo expiatorio en el caso Posadas Ocampo. ¿Por qué fue una pifia lo de la ropa sucia?, simple: para un hombre que tiene comprado a todo el penal, entre custodios, directivos y reos, no debe ser nada difícil crear una red logística y de contrainteligencia que planee el escape, si no perfecto y de mayor espectacularidad, sí más exitoso en la vida real y útil para los tiempos que corren.

Hoy El Chapo se reivindica en cuanto a la espectacularidad de su obra con el túnel, teoría bien sustentada con buenas evidencias (el túnel mismo) pero francamente muy dudosa por las inconsistencias que se han venido señalando, esto porque hay diversos factores que hacen de esa teoría un hombre de paja: la cantidad de tierra que se extrajo, el eventual uso de un taladro (sobre todo para acceder al destino), el concreto que hubo que romper, los horarios de esta cárcel, el punto ciego de las cámaras, el aislamiento casi permanente en que están los reclusos de la envergadura de El Chapo en cárceles como el Altiplano y Puente Grande (véase Los malditos, de J. Jesús Lemus).

Aunque inadmisible y vergonzoso, no es extraño que el capo sinaloense se haya fugado con relativa facilidad de un penal mexicano de máxima seguridad, pues la corrupción en el gobierno no es de hoy ni exclusiva de este sexenio. El narcotráfico como actividad económica ilegal en México tiene una historia de casi 100 años cuando, por presiones de Estados Unidos, comenzaron ciertas prohibiciones que vinieron a reconfigurar la siembra de amapola y mariguana y las redes de distribución y venta. En aquel entonces los fumaderos de opio eran regenteados y visitados casi en su mayoría por chinos, la mariguana era una droga siempre relacionada con los más bajos estratos sociales: soldados que no llegaban ni a cabos, clientes y trabajadores de prostíbulos y zonas de tolerancia y delincuentes de poca monta, aunque en realidad había mucha gente de la aristocracia mexicana que gustaba de drogarse, pero más como un acto de frívola curiosidad.

Pero a raíz de las prohibiciones motivadas por el gobierno estadounidense en la década de los 20 del siglo pasado y que se volvieron más estrictas a partir de 1929, al volverse un mercado ilegal, los mandos militares y policiacos comenzaron a ver un nicho de oportunidad dado que comenzaron a extorsionar a los productores y traficantes para dejarlos trabajar, y cuando se daba un decomiso, en tanto que los policías y soldados de bajo rango eran muy mal pagados, muchas veces se les retribuía con la droga incautada, lo que los hacía traficarla para quedarse con el dinero. De esa manera el gobierno, a través de los militares y los mandos policiacos, comenzó a regir el narcotráfico en México.

En el plano político, aunque hemos denostado los 70 años que el PRI estuvo en el poder, la delincuencia organizada, aunque siempre existió, era un submundo, un auténtico mercado negro controlado por el Estado, que era el que repartía plazas y rutas, era el que cobraba derecho de piso a cualquier organización (no existían los grandes cárteles, sino organizaciones casi siempre cohesionadas mediante lazos familiares) que pretendiera traficar enervantes hacia Estados Unidos. En esa relación todos ganaban: los gobernantes y mandos de seguridad se llevaban una tajada y los traficantes contaban con la venia y protección del Estado, y esta protección implicaba evitar la intromisión de otros grupos en sus zonas de influencia. En ese periodo de hegemonía priista que iba desde la Presidencia de la República, pasando por las cámaras legislativas y las gubernaturas hasta las alcaldías (así, con esa organización vertical) había un mercado controlado y el acuerdo tácito de no involucrar a la ciudadanía en sus actividades, vendettas, ajustes y reacomodos.

Pero a raíz de la muerte del agente de la DEA Enrique Camarena y al comenzar la alternancia política en algunas gubernaturas y ayuntamientos se dio un cambio de hilos en la relación entre el Estado y el crimen organizado. Por un lado, el gobierno estadounidense comenzó a presionar más al mexicano para que rindiera cuentas en el combate a la delincuencia, entonces muchos capos cayeron, se decomisaron grandes cantidades de droga, se destruyeron sembradíos y se comenzaron a cerrar algunas rutas de trasiego de enervantes hacia Estados Unidos, por lo que los narcotraficantes tuvieron que rediseñar sus actividades, pues era un hecho que ya no contaban con el mismo grado de protección del Estado. A partir de ese momento los capos poco a poco fueron independizándose a fin de no necesitar los favores y bendiciones del gobierno, lo que provocó que la autoridad perdiera la rectoría de las actividades delictivas hasta significar para los narcotraficantes el enemigo al que si no podían corromper, lo tenían que combatir.

Por otro lado, con la naciente alternancia política en algunos estados de la República, la organización vertical comenzó a resquebrajarse pues ya había alcaldes que no llamaban “patrón” al gobernador ni gobernadores que llamaran “jefe” al presidente. Por eso las relaciones con la delincuencia también cambiaron en tanto que la clase política local de cada estado, así como los mandos militares y de seguridad, al no tener una línea “desde arriba”, comenzaron a hacer acuerdos por su cuenta, según sus intereses y la zona.

Ambos factores, además de una suerte de explosión demográfica en el hampa, provocaron que los papeles se invirtieran. En un principio teníamos un Estado hegemónico, con gobernantes que todo lo sabían y todo lo veían y que por la autoridad que ejercían eran temidos por los propios delincuentes, quienes para trabajar necesitaban autorización gubernamental, pues el poder institucional repartía el pastel. Pero gradualmente los papeles se invirtieron y el servilismo cambió de lugar: para que un jefe policiaco o mando militar pudiera trabajar, primero tenía que entrevistarse con el capo local y quedar de acuerdo; de lo contrario, las funestas consecuencias las conocemos de sobra, basta ver la cantidad de mandos policiacos y funcionarios asesinados. Si antes una patrulla detenía a alguien que resultaba relacionado con la delincuencia organizada, el detenido tenía que hacer unas llamadas para pedir auxilio e indicaciones, pero desde hace tiempo, si estos mismos patrulleros detienen a la misma persona, ahora son ellos los que tienen que llamar para pedir indicaciones. Ese fenómeno en todas las escalas y niveles ha hecho que de tener un Estado todopoderoso que podía someter y controlar a los cáteles de la droga, ahora tengamos un aparato gubernamental sometido y controlado en mayor o menor medida por la delincuencia que encuentra en la corrupción la herramienta perfecta para conseguir sus fines.

En fin, no es nada extraña la segunda fuga de El Chapo Guzmán, antes se había tardado, y es que los niveles de corrupción en este país son tan elevados y el poder de la delincuencia organizada es tan grande, que el combate al narcotráfico es, además de un perro tratando de morderse la cola, un intento de vaciar el mar con un colador.

Así, al día siguiente de la fuga de Guzmán Loera los corridos alusivos ya estaban en la red, unos como mera sustitución de la letra original y otros un poco más ingeniosos, como el que hizo Lupillo Rivera, que dice: “El discurso va a estar bueno para convencer al pueblo, al señor Vicente Fox se la aplicó en aquel tiempo, vamos a ver con qué sale don Enrique Peña Nieto”. Veremos, pero lo que muchos analistas aseguran es que El Chapo salió para hacer frente al dolor de cabeza del gobierno federal: el CJNG, como en su tiempo dicen que salió para enfrentar a Los Zetas, piedra en el zapato de Fox y Calderón. Por lo pronto yo me voy de vacaciones, y salvo que lo capturen otra vez, me limitaré a leer y escuchar música. Salud.

http://www.cambiodemichoacan.com.mx/editorial-11885

Recomiendo mucho leer el último libro de Anabel Hernández para entender más sobre el tema, se puede leer o descargar en el siguiente link.

http://es.scribd.com/doc/151772527/Hernandez-Anabel-Mexico-en-llamas#scribd

 

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