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La lectura para qué

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Ramón Guzmán Ramos 

Los programas de promoción de la lectura que llevan a cabo instituciones culturales y educativas del país no han dado los resultados que todos quisiéramos ver. Y es que no se trata sólo de decirle a la gente que lea. Ha hecho falta fomentar el gusto por la lectura a través de un proceso ininterrumpido, que llegue a todas partes, de lo que podríamos llamar orientación bibliográfica. Se tiene la idea de que el hábito por la lectura debe empezar en la familia y reforzarse en la escuela. Pero hay que decir que el libro no siempre es considerado como un miembro más en el hogar. Por lo general es el gran ausente. La televisión ocupa prácticamente todo el tiempo su lugar, incluso el que deberían dedicar los niños y jóvenes a la consulta para sus tareas escolares. De manera que los potenciales lectores llegan a la escuela sin haber cultivado en sus casas el gusto por leer.

Y la lectura en la escuela tiene carácter obligatorio. Los alumnos deben leer textos o libros para cumplir con las actividades que les dejan sus maestros. Suelen ser lecturas que están desligadas de la experiencia de vida personal de los estudiantes. Textos científicos o literarios que funcionan como lozas sobre el gusto y la conciencia de sus lectores. Lo que hacen en realidad los maestros es vacunar a sus alumnos contra la lectura. El recelo y rechazo contra los libros se vuelve entonces instintivo. Y si a esto le agregamos que la cultura que se impone en la actualidad es la de la imagen física y los textos cortísimos, podemos explicarnos por qué el libro se encuentra en el limbo y se ha convertido en un acompañante ritual de una minoría pequeñísima y privilegiada en el país.

El libro es una fuente inagotable de conocimientos. Podemos encontrar un placer estético en la capacidad que todos desarrollamos para aprender. El libro se abre al mundo y el lector, entonces, hace una lectura deslumbrante de la realidad. El asombro como un efecto profundo que el descubrimiento tiene en nuestros sentidos y en nuestra inteligencia. Comprender el mundo que habitamos nos permite desarrollar la capacidad para instalarnos y actuar en él de una manera consciente, crítica. Pero el libro ha de reaccionar ante las grandes cuestiones existenciales que todos cargamos. No es que el libro tenga que dar respuestas acabadas a todas las preguntas que nos hacemos sobre la vida y la realidad, sobre el contexto que nos ahoga, sino que ha de aportar elementos para la comprensión, para la construcción de nuestro criterio, y para poder formular más adecuadamente nuestras interrogaciones. Si el libro no interactúa conmigo y no dialoga para construir juntos alguna respuesta o algún nuevo camino a seguir en la búsqueda, entonces no será el libro que necesito. Hasta los libros de ficción tienen algo profundo que decirnos. De manera que el maestro, el padre o madre de familia, la institución cultural o educativa que se proponga fomentar la lectura, debe tener en cuenta esta condición.

No se trata sólo de decirle a la gente que lea. Es importante que la gente sepa por qué y qué ha de leer. La dimensión más amplia, inagotable, que habitan los niños, tanto en la realidad como en los sueños, es la imaginación. Es la maravilla y el asombro, el descubrimiento y el entusiasmo, los mundos inéditos que surgen de la nada para romper con las normas -de la naturaleza y la sociedad- que inhiben su espíritu libre y creativo. Así que toda lectura que se les recomiende debe considerar esta necesidad. Las historias escritas o ilustradas pueden muy bien quitarle a la televisión y a la Internet el tiempo y el lugar que por derecho histórico les corresponde. Estas historias, por otro lado, se pueden convertir en representaciones escénicas, en extensiones mágicas y territoriales de su vida. Pero los libros son muy caros. Escapan a los presupuestos con que cuenta la mayoría de las familias. De manera que la alternativa es crear muchas bibliotecas y centros de lecturas para niños: en las colonias, en los barrios, en los espacios públicos, centros recreativos, plazas y jardines; desde luego que con personal debidamente capacitado que los atienda.

Lo mismo aplica para otros públicos: jóvenes y adultos. Los adolescentes pasan por una etapa crítica, de definición de su personalidad y de su vida. Suelen no encontrar respuestas allí donde se supone que deberían ayudarlos: la casa y la escuela. Cuestiones como el amor, el sexo, las tentaciones y peligros propios de su edad, el sentido de la existencia, el significado de las cosas que hacen o no hacen, las perspectivas de realización que se les ofrecen o no en la sociedad, tienen que abordarlas y resolverlas por su cuenta, por lo general sin contar con una orientación debida. Los libros pueden cumplir esta función. Como con los niños, es necesario que haya quienes los orienten en este sentido al recomendarles lecturas. Habría que abrir en todos los espacios círculos de lectura y discusión para los jóvenes, ofrecerles un acceso libre o barato a los libros, premiarles de varias maneras su actividad lectora: concursos de reseñas de libros, becas de lectura, por ejemplo. Y desplegar por todas partes un ejército de promotores de la lectura que conquisten territorios completos y el corazón de los públicos de todas las edades, intereses y condición social.

Es un esfuerzo grande el que hacen algunos medios de comunicación al incluir en sus páginas o espacios contenidos que fomentan la lectura y el amor por los libros. Es algo que debiera reproducirse en todos los niveles y ámbitos de la vida social. El Estado podría considerar este tipo de espacios como de interés público, y pagarlos como se hace con las inserciones oficiales o los acuerdos para difundir acciones de gobierno. Se reproducirían como las hormigas.

http://www.cambiodemichoacan.com.mx/editorial-11882

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