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“Hasta que el sexenio nos separe”

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Walter Ego

Los cónyuges están obligados a contribuir cada uno por su parte a los fines del matrimonio y a socorrerse mutuamente.
Artículo 162, Capítulo III, del Código Civil mexicano

La relación del presidente Enrique Peña Nieto con el pueblo mexicano es similar a la de un matrimonio en crisis. Luego de un cortejo de años (de hecho, desde que era gobernador del Estado de México), luego de imponerse a otros interesados pretendientes, Peña Nieto recibió el anhelado “sí quiero” de los mexicanos a una propuesta matrimonial que se consumó el sábado 1 de diciembre de 2012, cuando prometió hacer de México “un país exitoso y triunfador, respetado y admirado en el mundo”.

Con el apasionamiento del recién casado, Enrique Peña Nieto se dedicó a realizar transformaciones en la quebradiza armazón de la casona familiar que había heredado, reformas estructurales que si bien no contaron con la aquiescencia de todos sus moradores al menos le hicieron ver como un “paterfamilias” preocupado por el bienestar de los suyos. La larga luna de miel terminó abruptamente la noche triste del 26 de septiembre de 2014 cuando 43 de sus hijos desaparecieron en un pueblo del estado de Guerrero y el presidente, sin inmutarse, priorizó irse a una gira de negocios con sus amigos por China y Australia antes que procurar por las víctimas.

Nada fue igual desde ese momento. Y como en muchos matrimonios, en los que todo parece marchar bien en la superficie, comenzaron a cobrar relevancia esos detalles esenciales que la fascinación del enamoramiento había impedido ver. Iniciaron así los justos reclamos por un sinfín de composturas urgentes que por haber sido preteridas u ocultas bajo brochazos de pintura cosmética hacían peligrar ahora la estabilidad de la casa patria de una ciudadanía celosa cumplidora de sus deberes cívicos, desde la contribución a los gastos públicos hasta el desempeño de cargos de elección popular.

Sin embargo, cual marido ofendido por los reclamos, el presidente acusó que tras esos requerimientos, y no en los problemas que evidenciaban, había un afán desestabilizador, en franco olvido de lo expresado en su discurso de asunción como Presidente: “no podemos borrar las deficiencias de estos últimos 12 años, pero sí podemos asumir plenamente la responsabilidad de los años por venir”. Era inevitable entonces que ante alguien incapaz de aceptar sus obligaciones y proclive a cubrirse bajo la piel de víctima, la separación apareciera como alternativa aunque los motivos para ello no se reconozcan como causales de divorcio en el Código Civil Federal.

En efecto, los motivos que tiene al pueblo mexicano para poner fin a la convivencia con su presidente no son muy diferentes a los que hacen fracasar un matrimonio convencional: cansancio y desilusión, nacidos ambos del rosario de promesas incumplidas y de la constatación de que el novio galante se ha convertido en un marido indiferente al que sólo las crisis de pareja logran hacer reaccionar y siempre tardíamente, cuando los problemas se han amontonado hasta tal punto que la concordancia se torna discrepancia y del silencio emerge el clamor.

De ahí que las iniciativas de Enrique Peña Nieto para enfrentar la crisis “patriamonial” lo hagan ver como ese marido que quiso llevar de casado la misma vida que de soltero y al que solo una urgencia le recuerda sus obligaciones. De ahí la inevitable pregunta de por qué tales iniciativas no se implementaron antes si ya existían los problemas que ahora intentan remediar. De ahí la justa preocupación –ante la evidencia de que la única respuesta decente es acudir al cliché de “más vale tarde que nunca”– sobre cuán efectivas serán. Más aún cuando a la fecha la terca realidad desdibuja las promesas con las que Peña Nieto sedujo a la ciudadanía. Un solo ejemplo: la caída del precio del petróleo mexicano (por debajo de 60 dólares el barril el 4 de diciembre) es un hecho más real que los presuntos beneficios de su publicitada reforma energética.

Razones, pues, le sobran al pueblo mexicano para querer “divorciarse” de su presidente. Parece, sin embargo, que éste quiere honrar su promesa de seguir juntos “hasta que el sexenio nos separe”. La buena noticia es que entre sus múltiples reformas Enrique Peña Nieto no incluyó la del calendario y los sexenios seguirán durando seis años; la mala es que de no despegar la economía y mantenerse la violencia y la corrupción como los productos por excelencia “Made in México”, los cuatro años que restan parezcan, acaso, una eternidad.

http://sp.ria.ru/opinion_analysis/20141205/163477047.html

 

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